
En la vida cotidiana de aquellos que no somos detectives en Nueva York, ni hemos sido picados por un insecto que nos permite convertirnos en superhéroes por las noches, ni somos ese pelele que de repente se encuentra empomando a Cameron Díaz, no ocurren de seguido cosas grandiosas. A lo sumo nos pasa alguna cada diez o veinte años, pero pará de contar.
Pero sin embargo, sí nos suceden con mayor frecuencia (tampoco tanta) pequeñas cosas que nos producen un placer pavote, cortito como patada de chancho, pero que por un rato logra que dejemos de envidiar al Príncipe Carlos, que tiene mucha más cara de pelotudo que nosotros y sin embargo se la pasa todo el día al pedo y viviendo de primera.
Acá vamos con un arbitrario e incompleto listado de casos:
Inflar la bici: Para quien se maneja en bici, parar en una bicicletería o gomería para inflarla es un embole. A veces porque no hay tiempo ni para eso, en ocasiones porque sabemos que el bicicletero y el gomero lo miran a uno como a una rata leprosa que encima es hincha de Racing. Entonces, se tolera durante varios días el pesado pedaleo a que obliga la falta de aire en las ruedas.
Pero un día sí, paramos, sacamos pecho, decimos "¡Inflame la bici, carajo, y acá tenés tus 50 centavos!", tiramos la moneda sobre la mesa mugrosa del gomero, y después salimos hacia la vida.
Y ¡faaaaaaaa, cómo anda esa bici, papá! Si hasta te parece que todos te miran desde los colectivos, las veredas, las ventanas de los edificios (donde los bacanes dejan de coger secretarias sólo por observarte), para admirar ese andar fulminante sobre las calles de la ciudad.
Eso sí, al volver (del laburo, del colegio, de la fila de desocupados) ya no es lo mismo. Pero que fuiste feliz, fuiste.
Hacer arreglar las zapas: Y sí, es un placer de malarial total, pero no te hagas el Ted Turner, que todos hemos galgueado alguna vez y volveremos a hacerlo. Entonces, prolongás indefinidamente el uso de esas zapatillas que alguna vez fueron hermosas y jóvenes, pero que ahora tienen los cordones mugrosos y acortados por podredumbres varias, un nada discreto agujero en una punta y un tajo letal en la suela.
Pero te hablan de un zapatero milagroso, que la pone en terapia intensiva y a los dos días, pago de 9 mangos mediante, te la devuelve, no sé, linda, lavadita, sin los agujeros ni el tajo, con cordones blanquitos. Y cuando te las ponés, salís como un boludo, pensando mientras ves al tipo que camina delante "Brrmmmmm, brrmmmmmm, brmmmmmmmm, las Topper reacondicionadas de José se aproximan en la cuerda a las Adidas aburguesadas del viejo de camisa azul, las va a pasarrrr, las va a pasarrrrr, las pasaroooooooonnnnnn..."
Lesionar al hijo de puta del fútbol: En todos los partidos de barrio, siempre hay un forro y/o hijo de puta. Al menos uno. Sobrador, más habilidoso y con mejor estado que vos, pero mala gente. No busca jugar, busca humillar.
En una jugada, sin que en realidad lo busques, vas a trabar la pelota con él, sentís un ¡crank!, y le dejás la pata mirando para el otro lado. Él grita, se retuerce, ni siquiera puede levantarse a cagarte a piñas, y vos, al principio, te consternás de verdad.
Pero poco a poco vas tomando conciencia del logro, y te invade una sensación de total armonía con el universo, mientras el maricón sigue gimoteando como una nena y tus compañeros te miran como diciendo "¡Grande, Lucho, este queda afuera mínimo seis meses, jio, jio, jio!"
Y, nuevamente, como dijo Héctor Alterio en aquella peli: ¡La puta que vale la pena estar vivo!
Gracias a psicofxp...

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